Querido Virgo

Bajo la luz cambiante de la Luna, Piscis nada en aguas profundas. No habla, no huye, pero se sumerge. Porque sentir, para ella, es como respirar: no puede evitarlo, pero a veces duele más de lo que puede soportar. Mientras tú miras al cielo buscando señales, Piscis cierra los ojos y escucha al mar. No te ha olvidado. Cada ola que toca su piel trae tu nombre. Pero no sabe cómo regresar sin romperse. Tú, que construyes refugios con palabras, que organizas tus sentimientos como constelaciones… ella solo sabe nadar entre caos, emociones revueltas, sueños rotos y memorias suaves. En tu espera, ella ha estado ahí. Invisible. Mirando tus huellas sin pisarlas, tocando tu mundo sin anunciarse. Ha visitado tus recuerdos, tus melodías, tus fotos… no por juego, sino porque aún te lleva dentro. Pero Piscis tiene miedo. Miedo de no ser suficiente. Miedo de no poder darte el amor que tú mereces. Y sin embargo… te ama a su manera. Callada. Lejana. Pero con una intensidad que pocos entienden. Tal vez por eso calla. Porque siente que si habla, todo se rompe. O todo cambia. Y ese cambio… aún no sabe si la acerca a ti, o la aleja para siempre. Pero escucha esto, Virgo: si su alma vuelve a cruzar el cielo hacia la tuya, no será por costumbre. Será porque en su océano, aún hay luz. Y esa luz… sigues siendo tú. Sigue amando sin miedo. Ella lo siente. Aunque no lo diga. — Firmado por las estrellas de Piscis, bajo el abrazo del universo.