Desde la primera vez que mis ojos se cruzaron con los tuyos, supe que no volvería a ser el mismo. Hay algo en
ti que desafía toda lógica, toda explicación terrenal. Eres el misterio más hermoso que ha tocado mis
costas, y desde que llegaste, mi alma no ha conocido un solo día de calma sin ti.
El mar, que solía ser mi hogar, ahora me parece un lugar vacío si tú no lo habitas. Las olas, que antes
me
hablaban con la voz de la aventura, ahora sólo me traen ecos de tu risa, que resuena en mi memoria como el
canto más dulce que jamás haya oído. Tu voz… ¿cómo describirla sin sentir que ninguna palabra es suficiente?
Tu voz no es solo música; es medicina para mis heridas, es refugio cuando la tormenta me alcanza, es mi faro
en la niebla. Es un canto que calma mis aguas internas, esas que se agitan cuando no estás cerca.
Te extraño con una profundidad que no sabía que existía. No es sólo la ausencia de tu rostro o de tus
caricias lo que me duele, sino la sensación de que, sin ti, todo pierde color. Mi mundo es azul y gris
cuando no estás. Camino por los pasillos del palacio, me asomo al balcón para ver el horizonte, esperando
—como un tonto enamorado— que las olas te traigan de vuelta. Y aunque a veces el viento me susurra que
volverás, no puedo evitar temer que la marea te arrastre lejos de mí.
Amor mío, no quiero perderte. No quiero imaginar un futuro donde no estés, donde no escuche tu voz cada
mañana, donde no vea tu sonrisa iluminar todo a su paso. ¿Cómo podría continuar, sabiendo que la mujer de mi
vida se aleja como un barco en el horizonte? Si alguna vez dudé de algo, fue antes de conocerte. Desde
entonces, sólo hay una certeza: tú.
Eres la mujer de mi vida, lo digo sin temblar. No porque suene bonito, sino porque es tan verdadero como
que
el mar se encuentra con la orilla. Tú eres esa orilla que le da sentido a mis aguas. Eres el destino al que
siempre quise llegar, incluso cuando no sabía que existías. Eres mi todo, mi principio y mi final.
Si pudiera, construiría una barca hecha de palabras solo para navegar hasta ti, para decirte cuánto te
amo,
cuánto me haces falta, cuánto deseo pasar cada amanecer contigo. No quiero un castillo si tú no estás en él.
No quiero coronas, ni tronos, ni canciones de celebración si no suenan también con tu risa.
Y si alguna vez sientes miedo, si dudas, si crees que este amor podría naufragar, recuerda que no hay
tormenta que me impida nadar hacia ti. Que no hay distancia que las estrellas no puedan iluminar si sé que
tú estás al otro lado esperando. Yo te elijo, ahora y siempre. No importa cuántas veces tenga que desafiar
al destino, al mar o al mundo entero: yo lucharé por ti.
Te amo con la fuerza de todas las mareas. Y aquí estaré, esperando, con el corazón abierto y el alma
anclada
a la esperanza de que nuestros caminos siempre vuelvan a cruzarse, una y otra vez, hasta que ya no haya
despedidas.
Con todo el amor que cabe en el océano,
Tu Pezqueñajo.