Desde que entraste en mi vida, mi llama nunca ha dejado de arder. Mi pecho arde ahora con una
intensidad que jamás había sentido. Antes, donde había un frío aterrorizante, tu hiciste la chispa
de esta pasión. No es
una chispa cualquiera: es un fuego constante, cálido, fuerte, que me ilumina por dentro cada vez que
pienso en ti.
Tú eres mi calma, mi reflejo, mi hogar. Y yo soy tu calor, tu impulso, esa chispa que quiere
abrazarte sin soltarte jamás. No hay distancia que me enfríe, ni duda que me apague cuando te
pienso. Quiero brillar en tu memoria cada vez que me pienses. Quiero
que recuerdes que existo, que ardo, que vivo… por ti.
Cuando cierro los ojos, te siento tan cerca que casi puedo oír cómo el aire vibra entre
nosotros. Es
una sensación única: como si cada centímetro de mi fuego se volviera más puro, más verdadero, solo
por imaginar tu risa, tu voz, tu manera de mirar el mundo. No sabes lo que significas para mí. Lo
que provocas. Porque tú no me apagas, me transformas. Me haces arder de amor, de ternura, de deseo
de abrazarte sin miedo a que te queme.
Mi amor por ti no es efímero como una chispa. Es eterno como el fuego del alma. Un fuego que no
se
extingue, que no se rinde, que sigue brillando incluso en la oscuridad. Porque lo que siento por ti
es pasión en su forma más pura. Es amor que quema sin herir. Es calor que cobija, que protege, que
espera.
Y si alguna vez dudas de lo que siento, solo acércate a mi fuego. Notarás cómo mi llama susurra
tu
nombre en cada crepitar.
Porque tú eres el agua que no apaga, sino que da sentido a todo lo que soy.